Me puse una blusa blanca, recogí el cabello y llevé conmigo la carpeta que Patricia había preparado.
Ricardo estaba sentado al otro lado de la sala.
Ya no tenía aquella seguridad arrogante de la noche en que me anunció que había vendido la casa.
Cuando nuestros ojos se encontraron, apartó la mirada.
Durante la audiencia se revisaron los documentos, las inconsistencias de la firma y los indicios de que la operación se había iniciado sin una autorización válida de mi parte.
La defensa de Ricardo insistió en que todo había sido una negociación familiar mal entendida.
Pero los correos electrónicos, los mensajes y los registros financieros planteaban preguntas que aquella explicación no conseguía responder.
El tribunal acordó mantener las medidas necesarias para impedir que la propiedad se transfiriera mientras se resolvía la controversia.
No era todavía una sentencia definitiva sobre todas las responsabilidades.