La llamada terminó poco después.
Me senté al borde de la cama.
En menos de doce horas, había descubierto que mi esposo me engañaba, que pretendía sacar millones de nuestra cuenta y que un documento de mi padre había desaparecido.
Ahora empezaba a sospechar que mi propia abogada sabía más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
Aquella noche no dormí.
A las ocho y media de la mañana siguiente, salí de casa con una carpeta llena de documentos y una decisión tomada.
Iba a descubrir la verdad, aunque tuviera que enfrentarme a todas las personas que alguna vez había amado.
Pero primero tenía que encontrar a Beatriz.
El Café Belmonte estaba casi vacío cuando llegué.
Elegí una mesa cerca de la ventana y pedí un café que apenas probé.
A las nueve y siete minutos, una mujer de cabello gris, lentes oscuros y un abrigo azul marino entró al establecimiento.