Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

—¿Quién es ella?

Ricardo empezó a decir algo, pero la comunicación se llenó de interferencias.

—Mariana, no confíes en…

La llamada se cortó.

Volví a marcar inmediatamente.

El teléfono estaba apagado.

Me quedé mirando la pantalla, sintiendo que todo lo que creía saber sobre mi familia acababa de desmoronarse.

Mi padre había escondido un fideicomiso.

Ricardo había robado una carpeta.

Mauricio Ferrer conocía el secreto.

Y ahora existía la posibilidad de que yo tuviera una hermana cuya existencia me habían ocultado durante toda mi vida.

Abrí la carta de mi padre una vez más.

La releí con los ojos llenos de lágrimas.

Al final, debajo de la frase que ya conocía, descubrí algo que no había visto antes: una pequeña anotación escrita en el margen, casi borrada por el paso del tiempo.

Un nombre.

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