Laura me aconsejó que no acudiera a una cita clandestina y que cualquier encuentro se coordinara de forma segura, con asesoría legal y las autoridades pertinentes si era necesario.
Esta vez, la escuché.
No iba a arriesgar mi vida por una respuesta.
Pero tampoco iba a dejar que los secretos de mi familia siguieran enterrados.
Antes de terminar el día, hice una última llamada al banco y confirmé que los documentos originales permanecían protegidos. Después guardé una copia de la carta de mi padre en un sobre y escribí en él una sola frase:
«La verdad no se hereda. Se descubre».
Y mientras cerraba el cajón, recibí una llamada de un número internacional.
Contesté.
—¿Mariana? —dijo una voz masculina.
Era Ricardo.
No parecía estar en un aeropuerto ni en una oficina.
Se escuchaban sirenas a lo lejos.
—Ricardo, ¿dónde estás?
—No tengo mucho tiempo. Tienes que escucharme.