Parte 2: La verdad que mi padre se llevó a la tumba

Ahora comprendía que quizá había estado mintiéndome desde mucho antes de que yo sospechara de Valeria.

—Mariana, ¿sigue ahí? —preguntó la mujer.

—Sí —respondí, apenas moviendo los labios—. ¿Quién es usted? ¿Dónde está Ricardo?

—Mi nombre es Beatriz. Trabajé durante diecisiete años con su padre.

—¿En su empresa?

—Sí. Pero no fui solamente su empleada. Fui la persona encargada de proteger ciertos documentos que él consideraba demasiado importantes para dejarlos en manos de cualquiera.

Miré la caja fuerte abierta.

El espacio donde mi padre había guardado la carpeta negra estaba vacío.

—¿Qué contenía? —pregunté.

Beatriz guardó silencio durante unos segundos.

—La prueba de que su esposo lleva años intentando apoderarse de algo que no le pertenece.

—¿Mi herencia?

—Mucho más que eso.

Se me secó la garganta.

—Necesito verla. Dígame dónde está.

—Mañana, a las nueve de la mañana, en el Café Belmonte, en el centro de Monterrey. Vaya sola. No le diga a su abogada que hablamos hasta que le muestre lo que tengo.

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