Quizá había utilizado mi dolor para abrir todas las puertas que mi padre había cerrado.
—¿Qué firmé? —pregunté con un hilo de voz.
Beatriz me tomó de la mano.
—Eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.
A las once y media, llegué al despacho de Laura Cárdenas.
Mi abogada me recibió con una expresión tensa.
Sobre su escritorio había un expediente abierto.
—Mariana, antes de que me preguntes nada, necesito explicarte una situación delicada.
Me senté frente a ella.
—¿Conocías la carpeta negra?
Laura cerró los ojos durante un instante.
—Sí.
La respuesta me golpeó más que una bofetada.
—¿Y sabías que Ricardo estaba intentando acceder al fideicomiso?
—Sospechaba que había irregularidades, pero no tenía pruebas suficientes.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace casi un año.
Me levanté.
—¡Un año! ¿Y no me dijiste nada?
—Tu esposo presentó unos documentos que parecían legítimos. Cuando empecé a investigar, desaparecieron algunos expedientes y recibí presiones para detener la revisión. No sabía en quién confiar.