Hubo un silencio.
Entonces escuché a mi esposo.
—Don Ernesto, esto es un malentendido.
—No. Revisé las cuentas. Sé que utilizaste una de las sociedades para mover dinero sin autorización.
—Lo hice para proteger la inversión.
—¿Protegerla de quién?
Ricardo no respondió inmediatamente.
Mi padre continuó:
—Voy a informar al consejo y a los abogados. Si hay una explicación legítima, tendrás la oportunidad de demostrarlo.
Entonces la voz de Ricardo cambió.
Ya no parecía el yerno educado que yo conocía.
—Si hace eso, va a arruinar mi vida.
—Tú tomaste las decisiones, Ricardo.
—¡Usted me prometió que tendría una participación!
—Te prometí que podrías ganártela. No que te quedarías con lo que pertenece a mi hija.
Escuché un golpe seco.
Después, la voz de Ricardo se volvió más baja.
—Mariana no sabe nada.
—Y seguirá sin saberlo hasta que yo pueda explicárselo con pruebas. Pero si vuelves a acercarte a sus cuentas, no tendrás otra oportunidad.