Le pertenecían a ella.
La última mañana, doña Lupita cruzó la calle con su bastón y encontró a Teresa en el patio.
—¿Ya sabes qué vas a hacer con la casa? —preguntó.
Teresa miró el brocal del pozo.
La tapa estaba nuevamente en su lugar, pero ahora no ocultaba nada.
—Hoy no la voy a vender.
La anciana asintió.
No pidió más explicaciones.
Antes de marcharse, Teresa regresó una vez a la cocina y pasó la mano sobre la vieja mesa donde había abierto la caja.
La noche anterior al funeral, aquella mesa no significaba nada especial para ella.
Después fue el lugar donde descubrió que su padre quizá había cargado con una culpa que no le correspondía.
También fue donde descubrió que su esposo llevaba meses planeando algo a sus espaldas.
Ahora volvía a ser una mesa.
Eso le gustó.