—¿Qué estás haciendo?
—Revisando qué permisos siguen activos.
—Clara, no hagas tonterías por enojo.
No estaba enojada.
Ese fue precisamente el problema para él.
Estaba concentrada.
Busqué su usuario dentro de los accesos de operación y vi lo que durante años había considerado una comodidad: Javier tenía capacidad para preparar movimientos y autorizar determinados pagos dentro de los límites que yo misma había establecido cuando empezamos a trabajar juntos.
Yo había creado esos permisos porque confiaba en él.
Él había convertido esa confianza en acceso.
Intenté suspenderlo desde el teléfono.
El sistema me pidió una segunda validación que no podía completar desde aquella mesa.
Javier alcanzó a ver el aviso.
—¿Ves? No puedes hacer nada ahorita.
Me sorprendió el tono.
No sonaba asustado.
Sonaba aliviado.
Y aquella reacción me dio una información mucho más útil que cualquier discurso.