Pensaba que mi madre se había pasado veinte años eligiendo a un vagabundo en vez de a mí. Incluso después de que muriera, seguí alimentando a Víctor sólo porque se lo había prometido. Pero cuando me enseñó su medallón perdido, supe que mamá no me había estado ocultando bondad. Me había ocultado a su familia.
Al día siguiente del funeral de mi madre, el vagabundo que estaba detrás de nuestra casa había desaparecido.
Durante la mayor parte de mi infancia, Víctor había vivido detrás de nuestra pequeña casa de alquiler, en un refugio hecho de lonas y restos de madera. Mi madre le había dado de comer todos los días.
Cuando volví con la comida que ella me había rogado que le llevara, Víctor estaba de pie junto a un todoterreno negro con un abrigo limpio, sosteniendo el medallón de plata de mi madre.
El que ella juraba haber perdido cuando yo tenía ocho años.
Víctor había vivido detrás de nuestra pequeña casa de alquiler.
“Creía que no podías venir, Fiona”, dijo.
Casi se me cae el recipiente.
“¿Víctor? ¿Cómo?”.
Parecía más viejo sin barba. Tenía los ojos rojos y cansados.
“He traído la cena”, dije. “¿Pero qué pasa?”.
Sus dedos se cerraron en torno al medallón.
“Creía que no podías venir, Fiona”.
“Antes de morir —dijo—, tu madre me rogó que guardara silencio”.
Se me heló la sangre.
“¿Sobre qué?”.
Víctor miró hacia la ventana de la cocina, donde mamá solía observarlo cuando creía que yo no miraba.
“Sobre quién soy”.
“¿Sobre qué?”
***
Todos los días, a la hora de comer, mi madre preparaba tres comidas.
Dos se quedaban en nuestra desportillada mesa de la cocina. La tercera iba a parar a cualquier recipiente de plástico que pudiera lavar y reutilizar para Víctor.
Odiaba eso.
Odiaba que mis zapatillas tuvieran cinta adhesiva en los dedos de los pies, mientras que Víctor recibía el trozo más grande de pollo. Nosotros también éramos pobres.
Tenía once años la primera vez que lo dije en voz alta.
“Come mejor que yo, mamá”.
Nosotros también éramos pobres.
Mamá no levantó la vista de los fogones. “Fiona, no empieces. Por favor”.
“Mamá, nos han cortado la luz dos veces este invierno”, dije. “Pero Víctor come todos los días como si fuera de la familia”.
La cuchara se le resbaló de la mano y cayó estrepitosamente en el fregadero.
“No digas su nombre así, Fiona. Necesita ayuda”.
Me crucé de brazos. Tenía hambre, frío y mala leche, como sólo puede serlo un niño herido.
“¿Por qué? Sólo es un hombre que está detrás de nuestra casa”.
Mamá se volvió entonces, y su rostro había palidecido.
“Víctor come todos los días como si fuera de la familia”.