Helen tenía cincuenta y ocho años y vivía sola desde la muerte de su marido.
Cuando Margaret intentó disculparse por las molestias, la mujer respondió:
—Cariño, estos niños no necesitan una madre que se disculpe por existir. Necesitan una que pueda dormir unas horas.
Margaret comenzó a llorar.
Helen la abrazó.
—Vamos a salir adelante.
No fue fácil.
Los bebés necesitaban alimentación frecuente.
Había pañales por todas partes.
Ropa diminuta secándose junto a las ventanas.
Biberones que parecían multiplicarse durante la noche.
Y un cansancio que Margaret nunca había imaginado.
Pero también había pequeños milagros.
La primera sonrisa de Naomi.
La forma en que Samuel se tranquilizaba cuando escuchaba la voz de su madre.
Cómo Grace buscaba instintivamente la mano de Joshua.
Y cómo Daniel, el más pequeño, parecía decidido a llorar cada vez que sus hermanos finalmente se quedaban dormidos.