Eran las lágrimas de una mujer que había sobrevivido a treinta años de dificultades y ahora podía ver a sus cinco hijos felices.
Richard no asistió a aquella celebración.
No porque estuviera prohibido para siempre.
Sino porque comprendió que todavía no tenía un lugar en todos los momentos de aquella familia.
Con el tiempo, algunos de sus hijos aceptaron verlo ocasionalmente.
Otros prefirieron mantener distancia.
Margaret nunca intentó obligarlos a perdonar.
—Cada uno tiene derecho a decidir qué relación quiere construir —les decía.
Y aquella libertad era precisamente lo que Richard les había negado durante tantos años.
Un día, varios meses después, Richard volvió a reunirse con Margaret.
Caminaron por un parque cercano a su casa.
Él parecía más viejo.
Más cansado.
—He pensado mucho en lo que me dijiste —comentó.
Margaret lo miró.