Él no respondió.
—Y sé que durante treinta años nunca preguntó si alguno de nosotros necesitaba algo.
La llamada terminó.
Richard permaneció inmóvil.
Aquella noche no pudo dormir.
Por primera vez en décadas recordó la sala de maternidad.
Los cinco bebés.
El rostro agotado de Margaret.
Su propia voz gritando que aquellos niños no podían ser suyos.
Recordó algo más.
Su abuela paterna.
Una mujer que había muerto cuando él tenía doce años.
Durante su infancia le había contado historias sobre la familia de su padre.
Sobre antepasados de distintas procedencias.
Sobre fotografías antiguas que se habían perdido.
Richard nunca había prestado demasiada atención.
Pero ahora comenzó a preguntarse si había ignorado algo importante.
Dos semanas después aceptó hacerse una prueba de ADN.
No lo hizo por amor.
Ni por arrepentimiento.
Lo hizo porque necesitaba saber.