El tiempo tendría que demostrarlo.
No hubo una reconciliación espectacular.
No corrí a abrazarlo.
No lo invité a cenar al día siguiente.
Seguimos separados durante bastante tiempo.
Y descubrí que podía vivir con eso.
Hoy tengo treinta y cinco años.
Alexander y yo seguimos casados.
Rosalind y yo hablamos regularmente.
Mi madre está aprendiendo a conocerme como adulta.
Con mi padre mantengo una distancia que todavía considero necesaria.
Y ya no siento vergüenza por ello.
Durante años pensé que una buena hija debía perdonar inmediatamente.
Que poner límites era ser cruel.
Que defenderse significaba destruir a la familia.
Ahora sé que no es así.
A veces recuerdo aquella noche en Portwell.
La música.
Las flores.
Los cuatrocientos invitados.
El vestido verde pálido.
El agua helada.
Y los aplausos.
Sobre todo, los aplausos.
Durante mucho tiempo fueron el recuerdo más doloroso.