—Y aun así, para ellos sigo siendo la hija que nadie quiere.
Alexander me tomó el rostro entre las manos.
—Genevieve, yo no te elegí porque tuvieras que demostrarme nada.
Lloré todavía más.
—Lo sé.
—Y no necesitas que tu familia reconozca tu valor para que exista.
Aquella noche fuimos al hospital.
Mi muñeca tenía un esguince leve.
También tenía moretones en la espalda.
Nada grave físicamente.
Pero el médico documentó las lesiones.
Miriam me explicó mis opciones.
Podía presentar una denuncia.
Podía solicitar las grabaciones.
Podía decidir qué hacer sin que nadie me presionara.
Durante años había sido educada para pensar que defenderme significaba destruir a la familia.
Ahora entendía que protegerme no era lo mismo que vengarme.
Presenté una denuncia por el empujón.
No porque esperara ver a mi padre esposado inmediatamente.
Sino porque estaba cansada de que sus acciones desaparecieran bajo la palabra “broma”.