La tomé suavemente de las manos.
—Estás equivocada.
Me miró confundida.
—¿Qué?
—Te amo.
Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.
Alina comenzó a temblar.
—No digas eso por lástima.
—No es lástima.
—Dante, por favor…
—Te amo desde hace años. Fui demasiado cobarde para admitirlo.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
Durante un instante pensé que finalmente podría abrazarla.
Pero entonces su expresión cambió.
Se apartó.
—No podemos continuar casados.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Por qué?
Alina bajó la mirada.
—Porque hay algo más que no sabes.
Antes de que pudiera responder, sonó su teléfono.
Reconocí el nombre que apareció en la pantalla.
Doctor Samuel Bennett.
Alina rechazó la llamada.
—¿Quién es? —pregunté.
—Mi médico.
Sentí una inquietud inmediata.
—¿Estás enferma?
—No quiero hablar de eso.
—Alina, soy tu esposo.