Tampoco era una promesa.
Pero era una posibilidad real.
Alina comenzó a llorar.
Yo apoyé la frente contra su mano y respiré por primera vez en días sin sentir que me ahogaba.
—Vamos a intentarlo —le dije.
Ella me miró.
—¿Y si no funciona?
—Entonces habremos hecho todo lo que estaba en nuestras manos, juntos.
Durante los días siguientes, acompañé a Alina a cada consulta que me permitieron. Aprendí los nombres de los medicamentos, las preguntas que debía hacer y los momentos en los que era mejor escuchar que intentar resolverlo todo.
Poco a poco, nuestra relación dejó de girar alrededor de los secretos.
Empezamos a hablar de cosas que habíamos evitado durante años: el miedo a decepcionarnos, la soledad que habíamos sentido bajo el mismo techo y la manera en que ambos habíamos confundido el sacrificio con el amor.
Una noche, Alina me preguntó: