—¿Cuatro meses? —repetí, incapaz de comprenderlo—. ¿Y me dejaste vivir a tu lado sin decirme nada?
Alina abrió los ojos. Las lágrimas le corrían por las mejillas.
—Cada vez que intentaba hablar contigo, Lorenzo encontraba la manera de recordarme lo que podía perder. Tu empresa, tus empleados, tu reputación… y tu vida.
El doctor Bennett se acercó a la puerta y pidió a una enfermera que nos dejara unos minutos a solas. Antes de salir, me entregó una copia de los resultados preliminares.
—Todavía no podemos afirmar que haya existido envenenamiento —aclaró—. Los análisis deben repetirse y los especialistas tienen que determinar qué ha provocado el daño cardíaco. Pero las irregularidades son suficientemente graves para justificar una investigación.
Asentí sin apartar los ojos de Alina.
—¿Qué hizo mi hermano?
Ella respiró profundamente.
—Hace tres años, cuando tu empresa estaba a punto de perder aquella línea de crédito, Lorenzo descubrió que yo tenía unas acciones heredadas de mi abuela. Sabía que podía utilizarlas para conseguir las garantías que necesitabas.