No porque quisiera compararme.
Sino porque aquel hombre había existido.
Había amado.
Había sido amado.
Y negar eso no me hacía más fuerte.
Solo me hacía más pequeño.
Carmen nos ofreció café.
Rosa dejó la caja de madera sobre la mesa.
Durante un rato hablaron de cosas sencillas.
De una vecina.
De una gotera antigua.
De dolores de rodilla.
De una receta que ya no salía igual.
Yo escuchaba.
A veces contestaba.
Pero sobre todo escuchaba.
Entonces Carmen abrió un cajón del mueble.
Sacó un sobre grande, algo arrugado.
“Esto era para ti”, le dijo a Rosa.
Rosa frunció el ceño.
“¿Para mí?”
Carmen asintió.
“Lo encontré hace años, entre las cosas de Diego. Nunca supe cuándo dártelo.”
Rosa no lo tocó.
Yo vi cómo sus dedos temblaban.
“¿Qué es?”
“Una carta.”
El aire cambió en la habitación.