No había rechazo.
Tampoco alegría inmediata.
Solo una tristeza antigua, mezclada con curiosidad.
Rosa se separó un poco.
“Carmen, él es Sergio.”
Yo di un paso adelante.
“Encantado, señora.”
No me salió otra cosa.
Me sentí torpe.
Grande.
Fuera de sitio.
Carmen me observó unos segundos.
Luego dijo:
“Así que usted es el hombre que la hizo volver a sonreír.”
Tragué saliva.
“No sé si hice tanto.”
Rosa me miró.
Carmen también.
Y por un momento sentí que las dos sabían algo que yo todavía estaba aprendiendo.
“Pase”, dijo Carmen.
Entramos en un salón pequeño, limpio y lleno de fotografías.
Había fotos de Diego de niño.
De adolescente.
Con una camisa blanca en alguna comida familiar.
Con una bicicleta.
Con Rosa, más joven, abrazada a él en una plaza.
No aparté la mirada.
Me obligué a mirar.