Mentí a mi mujer para dejarla llorar al amor que perdió

“Solo cuando merece la pena.”

No dijo nada.

Pero puso su mano sobre la mía.

Y esta vez no la apartó.

Salimos después de comer.

El trayecto no fue largo, pero a mí se me hizo enorme.

Íbamos en silencio, mirando las calles conocidas de Valladolid como si de pronto fueran otra ciudad.

Rosa llevaba la caja de madera sobre las rodillas.

Yo conducía despacio.

No quería llegar demasiado pronto.

No quería llegar demasiado tarde.

Quería llegar bien, aunque no sabía qué significaba eso.

La casa de Carmen estaba en una calle tranquila, con macetas en el balcón y una puerta de madera gastada.

Antes de llamar, Rosa se quedó inmóvil.

Yo vi cómo apretaba la caja contra el pecho.

“¿Estás bien?”, pregunté.

“No.”

Agradecí que dijera la verdad.

“¿Quieres que nos vayamos?”

Negó con la cabeza.

“No. Quiero dejar de esconder partes de mi vida.”

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