Porque una vida no se construye borrando nombres.
Se construye aprendiendo a pronunciarlos sin miedo.
Y a veces, el amor más grande no es el primero.
Ni el último.
Es el que se queda.
El que entiende.
El que prepara té cuando duele.
El que no pide que cierres una puerta para poder entrar.
El que espera, sí.
Pero un día deja de esperar fuera.
Porque por fin entiende que también tiene casa dentro de ese corazón.