“¿Estás seguro?”, preguntó.
“Sí.”
Se acercó.
Abrió la caja.
Sacó la foto de Diego.
La dejó sobre la mesa.
Después sacó nuestra foto de Burgos y la puso al lado.
Miramos las dos imágenes.
Dos tiempos.
Dos amores.
Dos formas distintas de seguir viva.
Rosa lloró un poco.
Yo también.
Luego me dijo:
“Gracias por no hacerme elegir entre mi pasado y mi presente.”
Le tomé la mano.
“Gracias por dejarme estar en los dos.”
Esa tarde hablamos de Diego.
Pero también hablamos de nosotros.
De lo que queríamos hacer en verano.
De pintar la cocina.
De cambiar el sofá.
De visitar a Carmen el domingo.
Cosas pequeñas.
Cosas vivas.
Al cerrar la caja, Rosa no parecía culpable.
Parecía en paz.
Salimos a caminar.
La ciudad estaba igual que siempre.
Gente volviendo a casa.
Persianas bajando.
Una pareja mayor cruzando despacio.