Solo necesita que le hagan un sitio sin borrar al que estuvo antes.
Esa noche volvimos a casa tarde.
No hablamos mucho en el coche.
Rosa iba apoyada en el asiento, con la caja sobre las rodillas y la carta dentro.
Yo llevaba el cuaderno de recetas en el asiento trasero.
Al llegar, ella dejó la caja de madera sobre la mesa del comedor.
No la subió al armario.
Eso me llamó la atención.
“¿No la guardas?”, pregunté.
Rosa negó.
“Ya no quiero que esté tan arriba.”
Se quedó mirando la caja.
“Arriba parecía algo prohibido.”
La puso en una balda baja, junto a unos álbumes nuestros.
Después fue al dormitorio y volvió con una fotografía.
Era de nuestro viaje a Burgos, dos años atrás.
Salíamos los dos despeinados, con cara de cansancio y una bolsa de pan en la mano.
Una foto fea.