Cinco médicos iban a dar de alta a una niña que seguía llorando cuando vi que señalaba un punto del pie que nadie había examinado. Mientras ellos cerraban el caso, ella ni siquiera podía apoyarlo. “Mañana estarás delante de dirección, y tendrás suerte si sigues llevando ese uniforme.” Sujeté la barandilla, frené el alta y pedí otra prueba; horas después, un registro de medicación reveló algo mucho peor. –

No se trataba solo del puesto.

Un incidente relacionado con medicación de control especial podía convertirse en una mancha difícil de borrar incluso demostrando después la inocencia. En un hospital, la confianza era parte del currículum. Bastaba una duda para que una puerta dejara de abrirse.

Salcedo lo sabía.

Por eso había elegido aquella acusación.

Sin embargo, había cometido 1 error.

Carmen llevaba semanas repitiendo a Lucía que documentara cada movimiento.

Así que Lucía sacó del bolsillo un pequeño cuaderno.

Desde el enfrentamiento por Alba apuntaba horarios, habitaciones, tratamientos, incidencias y personas presentes. No porque desconfiara de todo el hospital, sino porque Carmen conocía demasiado bien cómo funcionaban las venganzas elegantes: nunca llegaban gritando; llegaban en forma de papel perfectamente rellenado.

Lucía buscó la fecha.

A la hora en que supuestamente había administrado aquella medicación en la habitación 308, figuraba atendiendo una incidencia en la 314.

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