Cinco médicos iban a dar de alta a una niña que seguía llorando cuando vi que señalaba un punto del pie que nadie había examinado. Mientras ellos cerraban el caso, ella ni siquiera podía apoyarlo. “Mañana estarás delante de dirección, y tendrás suerte si sigues llevando ese uniforme.” Sujeté la barandilla, frené el alta y pedí otra prueba; horas después, un registro de medicación reveló algo mucho peor. –

Álvaro Rivas, padre de Alba, no parecía convencido. Era un empresario conocido en Madrid, fundador de un grupo de infraestructuras y energía, pero allí su dinero no servía para quitarle el miedo. Había pasado horas junto a la cama mientras su hija repetía lo mismo:

—Papá, me duele mucho.

Lucía Martín escuchó aquella frase desde el pasillo.

Era enfermera, tenía 26 años y todavía revisaba 2 veces cada anotación porque temía cometer el error que confirmara lo que algunos compañeros pensaban de ella: que era demasiado nueva para trabajar en una planta así.

Sin embargo, conocía otra cosa mejor que cualquier protocolo: el sonido de alguien que no estaba siendo escuchado.

Entró.

Salcedo frunció el ceño.

—¿Necesitas algo?

Lucía no respondió. Se agachó hasta quedar a la altura de Alba.

—Enséñame con 1 dedo dónde te duele más.

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