Álvaro Rivas, padre de Alba, no parecía convencido. Era un empresario conocido en Madrid, fundador de un grupo de infraestructuras y energía, pero allí su dinero no servía para quitarle el miedo. Había pasado horas junto a la cama mientras su hija repetía lo mismo:
—Papá, me duele mucho.
Lucía Martín escuchó aquella frase desde el pasillo.
Era enfermera, tenía 26 años y todavía revisaba 2 veces cada anotación porque temía cometer el error que confirmara lo que algunos compañeros pensaban de ella: que era demasiado nueva para trabajar en una planta así.
Sin embargo, conocía otra cosa mejor que cualquier protocolo: el sonido de alguien que no estaba siendo escuchado.
Entró.
Salcedo frunció el ceño.
—¿Necesitas algo?
Lucía no respondió. Se agachó hasta quedar a la altura de Alba.
—Enséñame con 1 dedo dónde te duele más.