—Sí. Trabajé. Construí una empresa. Tomé decisiones. Me fue bien.
Teresa respiró con impaciencia.
—No es momento para presumir.
Ahí comprendí que ni siquiera la verdad iba a cambiar automáticamente la forma en que me veía.
Durante años había imaginado, sin admitirlo, una escena distinta.
Mi madre descubría todo.
Comprendía lo que yo había hecho.
Se avergonzaba.
Me agradecía.
Tal vez hasta me miraba como había mirado siempre a Verónica.
Pero Teresa no reaccionó así.
Su primera preocupación siguió siendo ella misma.
—Necesito que autorices el dinero hoy —dijo.
—No lo voy a hacer.
—Después hablamos de lo que pasó con Sofía.
—No.
—¿No qué?
—No vamos a poner a Sofía después del dinero.
—Mariana, no exageres.
—Le jalaste el cabello hasta hacerla caer.
—Iba a romper una pieza antigua.
—Tenía cuatro años.