Me hicieron preguntas concretas sobre las rutinas de Valeria, las personas que la cuidaban y los cambios que yo había observado.
Yo expliqué lo de la tarde en que Mauricio se quedó solo con ella.
Expliqué la cena intacta.
La hora inusual en que la encontré dormida.
La puerta del cuarto que Valeria empezó a pedir abierta.
La silla que alejaba de su papá.
La lámpara.
Los mensajes.
Y repetí exactamente la frase que mi hija me había dicho sobre desaparecer.
No añadí teorías.
No necesitaba hacerlo.
Cuando terminamos, pregunté lo que más miedo me daba preguntar.
—¿Tengo que llevarla otra vez a la casa?
La respuesta no fue una orden simple.
Me explicaron que la prioridad inmediata era que Valeria permaneciera en un entorno seguro mientras se determinaban los pasos correspondientes.
Pensé en mi mamá.
Su departamento era pequeño, pero tenía un sofá cama.