A la una de la mañana mi hija se quedó dormida abrazando el conejo.
Yo me quedé sentada junto a ella, con la chamarra puesta y las llaves dentro del bolsillo.
No quería que se me perdieran.
Parecía absurdo.
Pero después de tantos años pidiendo permiso para usar dinero que también sostenía nuestra casa, hasta llevar mis propias llaves encima se sentía como una decisión.
Mauricio no volvió a escribir durante casi dos horas.
A las 2:47 llegó un mensaje diferente.
«Perdón por alterarme. Estoy preocupado por ustedes. Cuando salgan paso por las dos».
Ese era el Mauricio que conocía mejor.
El que aparecía después de la presión.
El que conseguía convertir una orden en una supuesta muestra de cariño.
No respondí.
Antes del amanecer, el personal que estaba interviniendo en el caso habló conmigo por separado.