Después llegó una nota de voz.
No la abrí.
Durante años había reaccionado a sus mensajes como si cada uno fuera una orden con fecha de vencimiento.
Si preguntaba dónde estaba, respondía.
Si quería saber cuánto había gastado, mandaba foto del recibo.
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Si decía que mi mamá me llenaba la cabeza de ideas, yo reducía mis visitas para evitar una discusión.
Si me advertía que ninguna empresa me contrataría después de tres años fuera del mercado laboral, yo terminaba creyéndole un poco más.
Esa noche, por primera vez, su insistencia no me produjo la necesidad automática de explicarme.
Me produjo distancia.
La doctora Irene volvió con información sencilla sobre los siguientes pasos médicos y sobre la necesidad de que Valeria pudiera descansar sin escuchar discusiones de adultos.
No utilizó palabras que asustaran a mi hija.