No eran todavía padre e hijo en la forma sencilla que Gabriel habría deseado.
Eran dos hombres aprendiendo qué podía construirse después de diecinueve años de una mentira ajena.
Y dentro de la casa, Isabel guardó las antiguas cartas en la caja metálica.
No las tiró.
Tampoco volvió a esconderlas.
Encima de ellas colocó una copia de los nuevos documentos de la finca.
Durante diecinueve años, una carta había servido para separarlos.
Ahora otra clase de papel dejaba algo completamente distinto en sus manos: la posibilidad de decidir por sí mismos qué hacer con el tiempo que todavía les quedaba.