Después de su muerte, aquellas acciones quedaron reservadas para nuestras hijas.
Yo administraba el patrimonio hasta que fueran mayores.
Pero nunca había considerado que Chloe pudiera estar interesada en ese dinero.
Esa misma tarde llamé a mi abogado.
Le pedí que revisara cualquier documento relacionado con los fideicomisos de mis hijas.
Dos horas después recibí una llamada.
—Alejandro, tenemos un problema.
—¿Qué sucede?
—Alguien solicitó recientemente modificar las condiciones de administración del patrimonio.
Me quedé helado.
—¿Quién?
—Chloe.
—¡Eso es imposible! ¡Ni siquiera estamos casados!
—Precisamente. Pero presentó documentos afirmando que pronto sería la tutora legal de las niñas.
Sentí que la sangre me hervía.
Entonces Héctor entró apresuradamente.
—Señor, encontramos algo en el dormitorio de Chloe.
Colocó una carpeta sobre la mesa.
Dentro había fotografías de mis hijas, copias de documentos financieros y una lista de propiedades.