—¿De verdad vas a traer abogados a nuestra casa? —preguntó.
—Es la casa de papá y mamá. Ellos decidirán quién los asesora.
—¡Yo soy su hijo!
—Yo también.
—¡Pero tú ni siquiera eres de su sangre!
El silencio fue absoluto.
Pilar dejó el paño que tenía en las manos.
Joaquín se levantó despacio.
Y yo sentí que aquella frase abría una herida antigua que creía cerrada.
Tenía diez años cuando perdí a mis padres biológicos. Durante mucho tiempo me pregunté por qué nadie me elegía para quedarse.
Hasta que Joaquín y Pilar me abrieron la puerta de su casa.
Nunca me exigieron que olvidara de dónde venía. Nunca utilizaron mi adopción para recordarme que era diferente.
Por eso, escuchar aquello en su comedor me dolió tanto.
Pero antes de que pudiera responder, mi padre habló.