No todo se había reparado por completo.
Había conversaciones que todavía resultaban incómodas y recuerdos que tardarían en perder su amargura.
Pero mis padres ya no vivían con miedo a que alguien decidiera por ellos.
Aquel día, Pilar preparó una comida abundante. Sergio ayudó a poner la mesa y sus hijos llevaron el postre.
Cuando todos nos sentamos, Joaquín miró los platos y sonrió.
—Bueno, ¿quién quiere más comida?
—¡Yo! —respondió Sergio, levantando la mano.
Mi padre soltó una carcajada.
—Pues levántate y sírvete. Ya eres bastante mayor para hacerlo solo.
Todos nos reímos.
Después Joaquín se volvió hacia mí.
—Álvaro, ¿te acuerdas de lo que te dijo tu madre cuando llegaste a esta casa?
Asentí.
—Que nadie tenía que ganarse el derecho a sentarse a nuestra mesa.
Él sonrió.
—Exactamente.
Miré a mi alrededor.