Parte 2: La abogada seguía en la línea. Le repetí exactamente lo que Sergio acababa de decir y su respuesta fue inmediata:

No todo se había reparado por completo.

Había conversaciones que todavía resultaban incómodas y recuerdos que tardarían en perder su amargura.

Pero mis padres ya no vivían con miedo a que alguien decidiera por ellos.

Aquel día, Pilar preparó una comida abundante. Sergio ayudó a poner la mesa y sus hijos llevaron el postre.

Cuando todos nos sentamos, Joaquín miró los platos y sonrió.

—Bueno, ¿quién quiere más comida?

—¡Yo! —respondió Sergio, levantando la mano.

Mi padre soltó una carcajada.

—Pues levántate y sírvete. Ya eres bastante mayor para hacerlo solo.

Todos nos reímos.

Después Joaquín se volvió hacia mí.

—Álvaro, ¿te acuerdas de lo que te dijo tu madre cuando llegaste a esta casa?

Asentí.

—Que nadie tenía que ganarse el derecho a sentarse a nuestra mesa.

Él sonrió.

—Exactamente.

Miré a mi alrededor.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *