Era la primera risa sincera que escuchaba en aquella casa desde mi llegada.
Pero había una decisión más difícil pendiente.
¿Qué iba a ocurrir con Sergio?
Mis padres hablaron con él por separado. Le explicaron que no aceptarían la transmisión de la casa y que no volverían a entregar documentos ni dinero sin comprender exactamente para qué se utilizarían.
También le dijeron que podía buscar ayuda para ordenar sus deudas, pero que ellos no hipotecarían su futuro para resolverlas.
Sergio no aceptó la decisión con facilidad.
Durante unos días dejó de hablarles.
Después empezó a hacer las maletas.
Antes de marcharse, se acercó a Joaquín.
—¿De verdad vas a dejar que Álvaro decida todo ahora?
Mi padre negó con la cabeza.
—No. Vamos a decidir nosotros.
Sergio apretó los labios.
—Soy tu hijo.
—Lo eres —respondió Joaquín—. Y te quiero. Pero quererte no significa darte permiso para hacer lo que quieras con nuestras vidas.