Los cuatro corrieron hacia ella, hablando al mismo tiempo y discutiendo sobre quién había ganado el juego.
Álvaro los observó desde la puerta.
Esta vez no les pidió que se quedaran.
No les pidió que lo perdonaran.
Simplemente les dijo:
—Nos vemos el sábado.
Y cuando Hugo respondió «Sí, el sábado», Álvaro comprendió que aquella pequeña promesa valía mucho más que cualquier discurso que pudiera pronunciar frente a una sala llena de invitados.
Porque la familia no se construye con apellidos, dinero ni apariencias.
Se construye estando presente.
Y Elena Márquez, la mujer a la que él había creído derrotada, había aprendido a construirla mucho antes de que él se atreviera a llamar a la puerta.
Fin.