Pero había algo que sí había cambiado.
Elena ya no estaba esperando a que Álvaro reconociera su valor.
Ya lo conocía.
Había criado a cuatro hijos, reconstruido su carrera y aprendido a sostener su vida sin depender de la aprobación de nadie.
Aquella Navidad no fue una victoria porque Álvaro hubiera perdido una prometida, porque su familia hubiera descubierto sus mentiras o porque Elena hubiera llegado vestida de gala.
Fue una victoria porque los cuatro niños pudieron entrar en aquella casa sin tener que demostrar que merecían existir.
Y porque su madre pudo marcharse cuando terminó la noche con la cabeza alta, sabiendo que había elegido por sí misma qué puertas abrir y cuáles mantener cerradas.
Antes de despedirse, Mercedes abrazó a Elena.
—Gracias por venir.
Elena le devolvió el abrazo.
—Gracias por cumplir tu palabra.
Luego llamó a sus hijos.