Y todos estaban allí para que nadie pudiera volver a fingir que jamás habían existido.
4. El hombre que perdió el control de su propia historia
Álvaro se acercó a Elena cuando los invitados comenzaron a dispersarse.
—Tenemos que hablar a solas.
—No.
—Elena, por favor.
Ella se volvió hacia él.
—Durante ocho años intenté hablar contigo. Te escribí. Te llamé. Te envié documentos. Tú decidiste que mi voz no merecía una respuesta.
—Era joven. Tenía miedo de perder mi carrera.
—Yo también tenía una carrera.
Álvaro miró su uniforme blanco.
Por primera vez pareció verla de verdad: las insignias, las condecoraciones, la postura firme de una mujer que ya no necesitaba demostrar que podía sostenerse sola.
—¿Cómo conseguiste llegar tan lejos? —preguntó.
Elena tardó unos segundos en responder.
—Un día entendí que no podía esperar a que tú decidieras si yo merecía tener una vida.