—¿Dónde estabas cuando tus hermanas lastimaron a nuestra hija?
Bajó la cabeza.
—Trabajando.
—¿Y quién permitió que estuvieran solas con ella?
Ryan no respondió.
Aquello fue suficiente.
Entré en la habitación.
Eliza parecía diminuta entre las sábanas blancas.
Tenía ambas piernas inmovilizadas y un brazo vendado.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Mamá…
Corrí hacia ella.
La abracé con todo el cuidado que pude.
—Estoy aquí, mi amor.
Sus pequeños dedos se aferraron a mi chaqueta.
—Pensé que no vendrías.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Siempre volveré por ti.
Eliza me miró con miedo.
—Las tías dijeron que tú ya no me querías.
Besé su frente.
—Mintieron.
—También dijeron que papá necesitaba que yo hiciera un video.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué video?
Mi hija tragó saliva.
—Uno donde dijera que tú me abandonaste.
Rebecca se acercó lentamente.