El piano llenó todo el salón.
No parecía un hombre que recordaba algunas canciones de juventud.
Parecía alguien que llevaba toda una vida tocando.
—No puede ser —murmuró Ricardo.
Ernesto volvió de repente a la melodía sencilla.
Y la terminó con tres notas suaves.
Nadie aplaudió.
Todavía no.
Porque nadie parecía saber qué hacer.
Daniela sí.
Lloraba.
Se secó rápidamente una mejilla, avergonzada.
Ernesto la vio desde el piano.
Luego miró a Ricardo.
—Parece que alguien perdió una apuesta.
Hubo algunas risas.
Pero esta vez eran distintas.
Ricardo no respondió.
Un hombre mayor llamado Arturo Méndez se levantó de una mesa.
Tenía 81 años y había construido durante décadas una empresa familiar de fabricación de muebles.
Caminó hasta el piano.
—Señor —preguntó—, ¿dónde aprendió a tocar así?
Por primera vez Ernesto sonrió ligeramente.
—Mi madre me enseñó las primeras notas.