—Solo una canción —repitió—. Después pueden pedirme que me vaya.
Ricardo Valdés se levantó de una mesa cercana.
Tenía 47 años y era presidente del comité encargado de aquella recaudación.
Su familia llevaba décadas dedicada a los negocios inmobiliarios y él había crecido rodeado de comodidades, contactos y oportunidades.
Ricardo miró al anciano de arriba abajo.
—Esto es un evento privado.
—Lo entiendo.
—Entonces debería entender también que no puede entrar cualquiera.
Ernesto asintió.
—Por eso estoy ofreciendo algo a cambio.
Señaló el piano.
—Sé tocar.
Varias personas volvieron a reír.
Ricardo sonrió.
No era una sonrisa amable.
—¿Usted?
—Yo.
—¿Ese piano?
—Si me permiten.
Ricardo miró alrededor.
Había descubierto algo que le parecía divertido.
Un espectáculo.
—Muy bien —dijo—. Hagamos un trato.
El salón comenzó a quedarse en silencio.
—Toca una canción completa. Si no nos haces salir corriendo, yo mismo te pago una cena.