Nunca más se les volvió a ver.
Treinta años después, cuando Joaquim murió de vejez, plácidamente en su cama, se encontró una carta en su mesita de noche. Era de Benedita.
Había abierto una escuela en Salvador, donde enseñaba a las niñas a luchar, leer y sobrevivir.
La carta simplemente decía:
Gracias por verme cuando ya nadie me veía. Me diste más que libertad: me devolviste a mí misma.