Después, cuando salieron, él quiso acompañarla.
—Puedo ir sola.
—Sé que puedes.
Clara se detuvo.
Aquella diferencia importaba.
Durante el embarazo, Enrique había tratado su independencia como una razón para desentenderse: como ella podía trabajar, vender postres y sostenerse, él había actuado como si eso disminuyera su responsabilidad.
Ahora comenzaba a entender que ayudar a alguien no era demostrar que esa persona era incapaz de seguir sin ti.
Era cumplir con la parte que te correspondía.
Las semanas se convirtieron en meses.
Clara volvió poco a poco a preparar pedidos en casa, primero pequeños, después suficientes para recuperar a varias clientas que había dejado de atender cuando el embarazo se volvió más pesado.
Enrique vio aquella mesa donde ella mezclaba ingredientes, acomodaba cajas y hacía cuentas en una libreta.
Era la misma clase de trabajo que alguna vez había visto en la cocina de su casa, sólo que ahora cada pedido llevaba a Clara un poco más cerca del local que llevaba años imaginando.