Clara sostuvo su mirada.
—Espero que también aprenda algo de ti.
La sonrisa de Enrique se hizo más pequeña.
—Yo también.
Clara acomodó la caja sobre el mostrador.
—Entonces enséñale algo mejor.
Enrique asintió.
No respondió con una promesa.
Ya había hecho demasiadas.
Tomó a su hijo con más cuidado y se apartó para dejar pasar a otra persona que entraba al local.
El teléfono vibró dentro de su bolsillo.
Lo sacó por costumbre y vio un mensaje de su madre preguntando por el niño.
Meses antes, un mensaje suyo había acompañado a Enrique hasta el hospital diciéndole que reconocerlo sería un error.
Esta vez él escribió una respuesta sencilla.
Le dijo que el bebé estaba bien, que estaba con él y que Clara acababa de abrir su repostería.
Nada secreto.
Nada que esconder.
Guardó el teléfono y volvió a mirar hacia el mostrador.