Enrique miró al bebé, que movía las piernas debajo de una manta ligera.
—Podemos hablar después, pero esto no va a cambiar.
Terminó la llamada.
Clara continuó decorando una charola.
—No necesito que te pelees con tu familia por mí.
—No lo estoy haciendo por ti.
Ella levantó una ceja.
Enrique corrigió enseguida.
—No solamente por ti. Estoy dejando de esconder una decisión que es mía.
Clara siguió trabajando.
—Eso está mejor.
Fue lo más parecido a una aprobación que recibió aquella noche.
Con el tiempo, la madre de Enrique dejó de fingir que el niño no existía, aunque aceptar su presencia no significó que Clara olvidara el mensaje que ella había enviado la madrugada del nacimiento.
Cuando finalmente pidió conocerlo, Clara no respondió de inmediato.
La decisión era suya también.
Enrique no presionó.
—Si dices que no, será no.