Era una persona que acababa de descubrir quién era su padre.
—¿Qué hago? —preguntó Adrián.
Lucía casi sonrió, pero no por ternura.
—Por una vez, espera a que él te diga qué necesita.
Adrián se quedó.
No en un hotel lujoso ni en una oficina improvisada desde donde pudiera controlar cada detalle.
Se quedó cerca del puesto, ayudando solo cuando Lucía se lo permitía.
Movió cajas.
Sujetó la lona cuando comenzó a levantarse con el viento.
Fue por agua.
No intentó convertir ninguna de esas acciones en una demostración.
Al caer la tarde, Daniel regresó.
Traía polvo en los zapatos y una expresión más serena, aunque no menos distante.
Lucía dejó lo que estaba haciendo.
—¿Estás bien?
—Sí.
Daniel miró a Adrián.
—Quiero preguntarte algo.
Adrián se puso de pie.
—Lo que quieras.
—Si tu coche no se hubiera descompuesto ayer, ¿habrías venido a buscarnos?