Sentí náuseas.
—¿Y Mauricio?
—Eso es lo importante.
Me mostró una imagen impresa.
Mauricio estaba junto a la ventana.
Mirando.
—Él vio lo que ocurría —dijo la agente—. Y no hizo nada.
Recordé su rostro.
Su plato.
Su voz diciéndome que aprendiera.
—Hay más —añadió.
Por supuesto que había más.
Siempre había más.
—Después de que usted escapó, los tres salieron al patio.
—¿A buscarme?
—No.
La agente colocó otra fotografía.
Teresa sostenía mi teléfono.
Raúl llevaba una bolsa negra.
Mauricio tenía algo en las manos.
—¿Qué es eso?
—Parece ser su computadora portátil.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
La agente me observó.
—Eso queríamos preguntarle.
Entonces recordé.
Mi computadora.
Mis estados de cuenta.
Mis recibos de nómina.
Cuatro años de transferencias.
—Todo mi sueldo —susurré.
—¿Perdón?
Miré a mi madre.