—Pensé que si no venías, al menos sabría algo.
Tuve que apartar la mirada.
Yo dirigía una empresa donde personas adultas evitaban contradecirme.
Sin embargo, una niña de ocho años había hecho algo que ninguno de nosotros se atrevió a hacer durante casi una década.
Había hecho una pregunta y había aceptado el riesgo de recibir una respuesta dolorosa.
Miré el sobre otra vez.
—¿Puedo abrirlo?
Emily asintió.
El papel del interior estaba doblado en tres partes.
La tinta se había desvanecido ligeramente.
No voy a repetir cada palabra porque algunas pertenecían sólo a Emily y a mí.
Pero recuerdo las primeras líneas.
Decían que no esperaba que yo la perdonara.
Decían que tampoco sabía si algún día podría perdonarme.
Y después aparecía la frase que partió mi vida en dos.