Lo demás quedó sin promesas apresuradas.
Una tarde, casi un año después de aquella carta anónima, llegué a la casa y encontré a Sophie acomodando fotografías en una repisa nueva.
Reconocí de inmediato la imagen que había cambiado mi vida.
Emily en el porche.
Una bebé en sus brazos.
La fecha al reverso que yo había contado una sola vez.
La foto ya no estaba doblada.
Sophie la había puesto dentro de un marco sencillo.
A su lado había otra fotografía.
Los tres aparecíamos frente a la casa después de reparar el porche.
Yo no estaba en el centro.
Sophie sí.
—¿Puedo preguntar algo? —dije.
—Depende.
Señalé la foto vieja.
—¿Por qué pusiste ésas juntas?
Sophie miró ambas imágenes.
—Porque esa es de cuando tú no estabas.
Luego señaló la nueva.
—Y esa es de cuando empezaste a estar.