Toby estaba junto a Brenda, abrazando el perrito azul con tanta fuerza que una de las orejas había quedado doblada debajo de su brazo.
Yo lo vi y recordé algo que me atravesó como una aguja.
Lucas había sido quien guardó ese juguete después del hospital.
Lucas había dicho que no soportaba mirarlo.
Lucas había llorado mientras lo metía en una caja.
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Y ahora entendía que quizá no lloraba por una hija muerta.
Quizá lloraba porque sabía perfectamente dónde estaba.
«¿Está viva?», pregunté.
Lucas no contestó.
Me acerqué un paso.
«Te estoy preguntando si mi hija está viva».
Brenda dijo su nombre con una voz que nunca le había escuchado.
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«Lucas».
Él cerró los ojos.
Eso bastó.
Las rodillas me fallaron y tuve que agarrarme del respaldo de una silla.
Toby soltó un sonido pequeño detrás de mí.